Comiquero

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Cuentos del lado obscuro: Un vistazo a quienes NO leen comics

Friday, September 29 2006 Por: Alejandro

¿No me digan que ya es viernes otra vez? Bueno, ya que me han hecho el favor de estar aquí nuevamente, procederé con el tema de hoy. En esta ocasión, les quiero comentar algo un poco diferente a los temas que suelo abordar. Casi siempre hablo acerca de la industria del cómic, de nosotros los comiqueros, los vicios más encontrados en algunos títulos… en fin, cosas que nos interesan a nosotros, los que vivimos en contacto con el Noveno Arte. Pero ¿Y qué pasa con Aquellos? Ésos extraños paganos, bárbaros, descreídos, que no han tocado una historieta desde que su onceavo cumpleaños, o aquellos que nunca tocaron un cómic jamás, ni siquiera de niños. No sé si alguna vez se han puesto a pensar en esto, pero… miren a su alrededor. En la calle, en la escuela ó en su trabajo, echen un vistazo. Nos rodean. Están por todos lados. Nos superan en número. Podrían estar entre sus amigos. En su propia casa. Aunque no es probable… uno de ellos podrías ser tú.

Hasta hace algunos años, nunca comprendí a aquellos quienes se privaban voluntariamente del placer de leer cómics. Entiendo que alguien que tiene un presupuesto muy ajustado no pueda gastar dinero en una historieta (y un par de personas que conozco han sido comiqueros durante más de diez años, a pesar de no haber sido capaces de costear sus propias revistas hasta en fechas recientes), pero… ¿Abstenerse de leer comics solamente porque sí? No tenía sentido.

En mi infancia y en el inicio de mi adolescencia, los comics eran una fuente inagotable de delicias, en aquellos lejanos días en los que su servidor poseía una poderosa “suspensión de la incredulidad” (es decir, la habilidad de dejar de analizar y cuestionar la historia que nos están contando para poder disfrutarla de lleno; ése es un concepto que tocaremos en otra ocasión). Aventuras, comedia, drama (para los que no lo sepan, los cómics de superhéroes están rebosantes de melodrama)… una historieta podía ser una puerta, mi propia puerta privada, hacia un mundo paralelo donde podía tomarme unas vacaciones de 32, 64 ó 96 páginas hacia lugares como ningún otro en la Tierra, estando ahí con la mejor compañía del mundo (o más allá). Es por esto que, cuando dos lectores de historietas conversan, parece que pudieran estar hablando durante días. Es lógico, porque esa experiencia única que uno tiene al leer un cómic tiende a ser igual de intensa para ambos, y al comparar notas, literalmente tienen un mundo de cosas de qué hablar. Tomando en cuenta todo lo antes dicho, es fácil ver porqué yo era incapaz de entender a alguien que rechazara concientemente una dicha así.

Muchos comiqueros que yo conozco son felices dejando las cosas como están. “Si ellos no leen historietas, pues se lo pierden. Por mucha promoción que les hagas, nunca vas a hacer que todos lean comics, así que ¿Para qué darle tantas vueltas al asunto?” No lo voy a negar, hay mucha sensatez en esas palabras. “El gusto se rompe en géneros”, dice el dicho, y cada quien debería ser capaz de ver los méritos de algo bueno por sí mismo. Como dicen mis conocidos, “Allá ellos“. Y aquí podría acabar la plática, excepto que…

…me molesta mucho eso de “ellos”.

La gente que no lee historietas no se agrupa en un grupo uniforme. No puede ser identificada ó catalogada por algunas características definitorias, porque no existe tal cosa. Quienes no leen comics pueden ser jóvenes (en especial en estos días) ó viejos, pobres, ricos, hombres, mujeres, inteligentes, tontos, propios y extraños. Como ya dije, “ellos” pueden ser familiares, amigos ó vecinos. Hasta puede ser que un no-comiquero me esté leyendo en este momento. Así es. No hay diferencia realmente entre “ellos” y “nosotros”, excepto nuestro gusto por las historias contadas a través de viñetas.

“Muy bien, eso es muy bonito” me dirán algunos, “Pero entonces estamos donde empezamos” “¿Por qué algunas personas que tienen fácil acceso a los cómics no los leen?” Bueno, pues porque no han hallado el título correcto. Sí, suena simplón, pero les aseguro que no lo es. Tal vez un ejemplo nos ayude a ilustrar mejor este punto.

Tomaremos como ejemplo a dos compañeras de la preparatoria que aún frecuento. Los nombres han sido omitidos para proteger a las inocentes. Una de ellas lee cómics desde pequeña (y ahora tiene 24 años), la otra (de 27) leyó algunos brevemente, antes de dejarlos completamente antes de cumplir los diez. Mi amiga comiquera lee principalmente webcomics humorísticos, como Diesel Sweeties o Leonore, además de ser una asidua lectora de casi todos los títulos de Vértigo (no le gusta Swamp Thing o Hellblazer, pero lee casi cualquier cosa hecha por Neil Gaiman). Mi otra amiga sólo leyó un poco a La Pequeña Lulú, Archie, Condorito, Memín Pinguín y Peanuts, y ahora mira con incredulidad cuando me trabo en pláticas acerca de cómics con la que sí lee tales cosas. La pregunta obligada: “¿Por qué no te gustan?” ¿La respuesta? “Porque son muy, no sé, de adolescentes” “Tienen o mucha violencia, o mucho sexo, o la historia es muy predecible, o las tres cosas a la vez”. Por supuesto, rápidamente mi amiga y yo le proporcionamos a esta pobre alma descreída lo mejor de nuestras colecciones para que juzgue por sí misma qué tan errada está acerca de las historietas. De entrada, ella se niega a leer manga, al considerarlo intrínsecamente infantil. Ok, no había problema. Ya le iríamos mostrando que eso no es así, pero por ahora, había que empezar despacio. Mi amiga la descreída, mostrando mucha paciencia y apertura, selecciona tres ejemplares (A saber: Watchmen, Book of Magic No.1 y Hard Time) y se compromete a leerlos. Ninguno funcionó. Watchmen se le hizo muy pesado de leer, y lo echó a un lado en cuanto llegó a la historia del origen de Rorschachs. El primer Book of Magic se le hizo “demasiado fantasioso”, aunque sí lo leyó completamente. Hard Time, el que yo pensé que iba a gustarle por carecer de superhéroes y por tener una historia cruda pero humana, fue el que más le desagradó. Se le hizo muy deprimente. Mi quijada llegó al suelo.

Esas eran algunas de las mejores novelas gráficas que conozco. ¿Qué fue lo que falló? Obviamente, todas las referencias a críticas favorables y premios ganados y todo eso no significaban nada para ella. ¿Por qué no pudo acceder a este estado de regocijo comiquero que me era tan familiar a mí? Me quedé pensativo varios días.

Poco después, me encontré con ambas amigas, y me llevé una sorpresa. ¡La no-comiquera estaba leyendo Mafalda justo frente a mis ojos! ¡No sé que era más increíble: que ella nunca hubiera leído Mafalda antes, o que la estuviera leyendo ahora! Resulta que mi amiga comiquera quiso hacer un intento más, y le regaló a la otra amiga el libro de 10 años con Mafalda La no-comiquera hojeó el libro, y, según sus propias palabras, no lo pudo dejar hasta altas horas de la noche, hasta que lo terminó. Ella misma, en un tono de voz muy familiar, nos comentaba algunas tiras de Mafalda que, al menos yo, había leído más de cuatro veces, pero que parecían como la cosa más nueva y divertida al ser comentadas por ella. Lo que Moore, Gaiman ó Gerber no habían logrado, Quino pudo hacerlo con facilidad. Ahora, es obvio que no verán a mi amiga, la que recién descubrió a Mafalda, en convenciones de comics y cosas así, pero el presenciar un cambio de actitud (aún un cambio limitado como ése) de parte de quien, unos pocos días atrás, había jurado que todos los cómics eran para niños, es la experiencia esclarecedora que me llevó a escribir la columna de hoy. Desde entonces entendí perfectamente porqué algunas personas no leen historietas:

Porque no saben que es un placer leerlas.

Nadie se priva de un placer sin un motivo. Por supuesto, lo que es placentero para algunos es aburrido o de mal gusto para otros, pero una vez ubicado algo que nos agrada, hacemos lo posible por obtener ese algo placentero siempre que sea posible. El caso de mi amiga que ahora gusta de Mafalda es excepcional. Casi nadie se toma la molestia de convencer a los no lectores, y son pocos los que tienen la paciencia de dejarse convencer. Qué mal que haya mucha gente deambulando por el mundo sin haber podido hallar ese título, ese personaje de la infancia que les pudo haber servido como su propia puerta a un mundo que sólo pocos privilegiados sabemos que existe.

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