Comiquero

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¡Dios Mío! La religión en los comics

Friday, July 04 2008 Por: Alejandro

Hola, bienvenidos a una entrega más de Mientras Tanto… La semana pasada hablamos un poco de esa interesante ambivalencia que existe entre Clark Kent y Superman: ¿Quién es el verdadero “yo” del Hombre de Acero?: ¿El dios alienígena que sólo pretende ser un ridículo hombrecillo para poder pasar desapercibido entre nosotros, o acaso es el intachable hombre de principios, criado y educado a la usanza terrícola, que por azares del destino resulta que nació en otro planeta? Hay mucho material –más de 70 años de historias publicadas- para sustentar ambas posturas, y la semana pasada, mencioné cuál de las dos posturas prefiero y porqué. Esta semana quiero tocar un tema más general: Quiero hablar de la religión en los comics.

Pero, por supuesto, éste es un tema muy vasto que se antoja difícil de abordar si no nos organizamos primero. Primero quiero proponer una clasificación bastante arbitraria pero útil para mis propósitos: Por un lado, podríamos poner a los comics que son abiertamente religiosos (es decir, que son material de propaganda religiosa) y por otro, los comics más comunes y corrientes que simplemente abordan el tema de la religión y lo sobrenatural de modo literario.

Los comics religiosos son bastante sencillos de describir y detectar: Simplemente se trata de panfletos ilustrados hechos por una asociación religiosa que busca convertir a quien los lee. Como tales, a menudo consisten en una historia bastante simple (casi siempre un diálogo entre un no-creyente y un devoto) donde, al final, el no-creyente termina convirtiéndose a la fe/iglesia/secta que ese cómic busca promocionar. Hay que admitir que dentro del universo de comics religiosos hay un amplio espectro de calidad artística, teniendo en un extremo a varios ejemplos de gran dibujo y gran adaptación de historias del Viejo Testamento (o de algún pasaje de la Torá, de los Vedas, o del texto sagrado que ustedes prefieran), y, por el otro lado del espectro, tenemos varios ejemplos bastante espeluznantes de fanatismo hecho cómic (como las tristemente célebres publicaciones del también tristemente célebre Jack Chick). Sin embargo, la calidad es un factor que rara vez es relevante en el caso de estas publicaciones religiosas, ya que su función principal es difundir la ideología de su grupo religioso y no hacer dinero, como en el caso de los comics “normales”. Por lo tanto, estos comics constituyen un muy particular nicho y no tienen mucho impacto dentro de la industria comiquera en general (salvo alguna referencia cómica al ya mencionado Chick).

La religión dentro de los comics más populares es la que más llama mi atención.

Desde los días de la Edad de Oro, organismos como la Comic Code Authority (o muy a menudo, las mismas editoriales) se aseguraron de que el tema de la religión fuese abordado con mucha cautela. Generalmente, todas aquellas tramas de antaño eran pequeñas historias con moraleja, sus protagonistas eran cristianos (aunque no siempre católicos) y los personajes sobrenaturales como los ángeles o los diablos que ahí aparecían eran presentados a la usanza cristiana, de un modo similar al que se presentan en las pastorelas mexicanas (como representantes de los conceptos del Bien y del Mal, que guían o desvían a los mortales del buen camino, según sea el caso). Estoy seguro que muchos padres de familia desearían que los comics aún fuesen así hoy en día (no lo nieguen), pero por desgracia, los cambios sociales iniciados durante la generación de la Guerra de Vietnam tendrían que verse reflejados en las historietas tarde que temprano, y en el caso de la industria del cómic mainstream, uno de los heraldos de dichos cambios fue Marvel Comics.

En la década de los 70, Marvel puso de moda a los “héroes de horror”, criaturas sobrenaturales salidas del cine de terror que vivían aventuras comiqueras justo como sus contrapartes enmascaradas (Morbius el Vampiro Viviente, el Monstruo de Frankenstein y más de una versión del Hombre Lobo, como Jacob Rusoff y John Jameson, siendo los ejemplos más claros). Todos estos personajes, aparte de proponerle al lector sus propias interrogantes en cuanto a teología se refiere, también abrieron paso para héroes inmediatamente posteriores como Ghost Rider o Etrigan el Demonio (de DC Comics), personajes que definitivamente mandaban al diablo todos los tabúes respecto al uso de imágenes y temas demoníacos existentes hasta aquel entonces. Curiosamente Dios estaba ausente de estas historias, a diferencia del Diablo, que estaba presente a través de sustitutos que libraban a los creativos de toda responsabilidad con la (ya para entonces debilitada) CCA: Mefisto, Dormammu, Blackheart, etc. Por si fuera poco, por ésa década Marvel publicó una revista llamada Son of Satan, que narra las aventuras de Demian Hellstorm, hijo de Mefisto y protagonista de aquella serie tan inusual, donde, como el nombre lo indica, el protagonista (el antihéroe) era el hijo del Demonio en persona. Claro, estos personajes diabólicos no fueron los primeros en ser publicados en la historia del cómic, pero ciertamente fueron los primeros en ganar notoriedad duradera.

Y fue en estos comics donde se pudo evidenciar el conflicto que suele enfrentar toda publicación comiquera que se atrevía a tocar estos temas: Si se usa el concepto judeo-cristiano del Diablo (o sus sustitutos), entonces también hay que usar el concepto de que su derrota ya estaba escrita desde el inicio de los tiempos. Usar al Diablo -o a sus reemplazos de marca libre- solía ser una práctica utilizada en comics como los de Thor o el Deslizador de Plata, donde se necesitaba un antagonista que pudiera amenazar convincentemente a personajes tan poderosos como el rubio dios vikingo o el plateado héroe alienígena. Pero en aquellos comics se usaba la figura del Diablo bajo el entendido de que la moralidad judeocristiana (bastante compatible con la moralidad del mundo de los superhéroes) habría de prevalecer al final (o, en otras palabras, se sabía de antemano que el Demonio iba a perder ante el héroe titular de la revista). Incluso los (anti)héroes diabólicos de origen más moderno (Hellboy o Spawn, por ejemplo) se apegan a esta ley, fungiendo como las fuerzas del bien que se oponen a la maldad infernal de los Ogdru Jahad o a la maldad de Malebolgia (respectivamente).

No fue sino hasta la aparición de Vertigo cuando el modo de tratar este tema hasta entonces usado en las historietas cambió. En obras como Hellblazer o, más significativamente, en Preacher, podemos apreciar que el Diablo ya no es necesariamente el personaje categóricamente aborrecible y adusto que aparece en la teología medieval europea, sino más bien se nos muestra como una variante del Lucifer miltoniano de Paraíso Perdido (en Hellblazer) o como un ogro monstruoso que escapa del aburrimiento de la rutina jugando cartas con el Ángel de la Muerte (en Preacher). Más interesante aún es el hecho de que, en los comics de Vertigo, la supremacía cósmica de Dios ya no es algo seguro. Dios está ausente en muchos de estos títulos, mientras que los ángeles son representados como personajes fríos, distantes, estirados y egocéntricos. En esos comics, la guerra entre el cielo y el infierno se presenta más como la lucha entre dos mafias rivales y menos como en la Biblia. En el ya mencionado Preacher, se llega al extremo de usar a Dios como el villano principal de la historia, mostrándolo como un ser manipulador, cobarde y, aunque muy poderoso, de ningún modo omnipotente. Cabe destacar, por otra parte, que incluso en estos títulos se puede apreciar que el “mal” suele perder bastante a menudo, ya sea culminando con algo parecido a un “final feliz” (véase Preacher), inesperado (véase la pelea frustrada entre Morfeo y Lucifer, en Sandman) o al menos con un escenario ambivalente donde el bien “gana” por default, debido a que el mal no triunfa (véanse muchas historias de Hellblazer).

En un universo comiquero donde los dioses de las viejas religiones paganas han sido asimilados y convertidos en superhéroes, y donde todo el mundo quiere decir algo inteligente y postmoderno acerca de la religión cristiana, pareciera que el tema de la religión ya ha sido bastante explotado. Y sin embargo, es obvio que es un tema que siempre acompañará a los comics. Es cierto que cada vez quedan menos cosas originales que decir al respecto, pero es nuestra naturaleza humana el preguntarnos qué habrá en el más allá. ¿Cómo podrían nuestros personajes de ficción quedar excluidos de esta interrogante tan humana? Ya sean héroes encapotados, personajes cómicos ó personas comunes y corrientes, estos productos de nuestra imaginación colectiva han sido creados a nuestra imagen y semejanza, y como tales, han de heredar nuestras consternaciones tan humanas ¿No lo creen así? Hasta la próxima.

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