Nunca comprometerse, ni siquiera al borde del Armagedón.
Friday, May 11 2007 Por: Alejandro
Rorschachs, el hombre que algunas veces pretende ser Walter Kovacs, es el personaje clave de la obra seminal de Alan Moore. Él merodea fanáticamente las azoteas de Nueva York, con ideas bastante perturbadoras cruzando su mente mientras lo hace. Ataca salvajemente (o mata) a cualquier criminal que vea, pues los odia. Usa una máscara, la cual él considera como su verdadero rostro, y tiene una identidad secreta, que sólo es la máscara tras la cual se esconde. En 1985, todo esto era una idea impactante y novedosa, un ángulo de los vigilantes enmascarados que no se había explorado. Y es que, hasta entonces, nadie se había puesto a pensar “Debe ser muy bueno contar con la protección de alguien que cree firmemente que hay bien y que hay mal, y que el mal debe ser castigado… pero, si nuestro protector enmascarado se vuelve en nuestra contra, ¿Quién nos protege de él?”.
Rorschachs es asqueroso, paranóico, fascista, misántropo, misógino, peligrosamente asiduo a leer pasquines ultraderechistas ( “The New Frontiersman” ) y claramente es víctima de traumas personales severos, pero, por otra parte, él está sincera y completamente entregado a su misión (inspirado por una tragedia que quiere vengar) es muy competente en lo que hace y, para alguien que habla tan entrecortadamente, sabe hilar pistas muy bien. Él es el único que no comparte la complicidad del silencio cuando se le revela el secreto del complot homicida más grande del mundo. ¿Será eso suficiente para compensar su desagradable personalidad e ideología? ¡Cómo catalogarlo? Pensando en todo lo anterior, queda claro porqué Moore eligió la prueba de Rorschachs como emblema de éste personaje: Estudiarlo detenidamente es estudiarse a uno mismo.




