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La Leyenda de la Nahuala, prometió más de lo que ofrece

Cuando se anunció La Leyenda de la Nahuala, la conversación pública la colocó como una posible bisagra para la animación nacional. Se habló de un parteaguas, de un producto llamado a demostrar que en México podía construirse una película animada de primer nivel. Esa expectativa, sin embargo, terminó pesando más que la película misma. Vista con distancia, la cinta deja una impresión ambivalente: hay una historia con méritos propios, pero también una brecha evidente entre lo prometido y lo entregado.

Una historia que funciona mejor que su envoltura

El guion parte de una premisa original y se apoya en tradiciones y leyendas mexicanas, incluidas referencias a la ofrenda de muertos y a costumbres culinarias del país. Para un público infantil, ese material resulta instructivo y hasta divertido. La historia se sostiene con personajes reconocibles y un tono que busca conectar con la familia. En ese terreno, la película cumple: entretiene a los más pequeños y ofrece un marco cultural que no se veía con frecuencia en la animación nacional.

El problema aparece cuando la conversación se traslada al apartado técnico. La animación fue señalada como el punto más débil de la producción. Se criticó la integración entre personajes y fondos, la sensación de que los personajes flotaban al caminar y ciertos problemas de continuidad y edición. No se trataba de un detalle menor: la campaña había prometido calidad de primer nivel, y lo mostrado en avances y materiales de prensa no parecía estar a esa altura.

El debate sobre el presupuesto y la comparación

Buena parte de la discusión posterior giró en torno a una pregunta incómoda: ¿era justo medirla contra Disney, Pixar o Dreamworks? Quienes defendieron la película argumentaron que su presupuesto era una fracción del de esas producciones y que, por lo tanto, la comparación resultaba desproporcionada. Se mencionó una cifra cercana a los veinte millones de pesos, frente a los cientos de millones de dólares que manejan los grandes estudios. También se recordó que el equipo de animación trabajó con herramientas accesibles y con un número reducido de compañías de efectos, y que el resultado, dentro de esas limitaciones, tenía méritos apreciables.

Del otro lado, la respuesta fue igualmente clara: el problema no era solo el dinero, sino la promesa. Si se anuncia una superproducción y se asegura que marcará un antes y un después, el público tiene derecho a juzgar el producto con ese rasero. La publicidad y el respaldo de distintas instancias de fomento cinematográfico hicieron que la expectativa subiera, y la decepción fue proporcional. Como se apuntó en su momento, una película puede ser valiosa sin ser perfecta, pero no conviene vender como excelencia lo que apenas es un esfuerzo digno.

Lo rescatable y lo que queda pendiente

Entre las opiniones favorables se destacó el trabajo de fondos, la música y el diseño de sonido, así como el reparto de voces. También se reconoció el esfuerzo de un estudio mexicano por sacar adelante un largometraje animado en un contexto donde la producción nacional había sido escasa durante años. Ese mérito no es menor: abrir camino cuenta, incluso cuando el resultado no alcanza lo soñado.

Las reservas, en cambio, apuntaron a un guion que no terminaba de impactar, a chistes simples y a una duración que podía resultar excesiva para el público al que parecía dirigida. Se dijo que la película funcionaba mejor para niños pequeños y que, fuera de ese público, costaba mantener el interés. También hubo quien consideró que el diseño de personajes recordaba a estilos ajenos y que la animación, en general, quedaba por debajo de lo que ya se veía en otros mercados.

Una lección sobre las expectativas

La Leyenda de la Nahuala deja una enseñanza que trasciende la película: en la animación mexicana, el entusiasmo y la promesa pueden ser aliados valiosos, pero también pueden volverse en contra cuando el producto final no está a la altura de lo anunciado. Apoyar lo nacional no significa renunciar a la crítica. Al contrario, señalar las fallas con argumentos es una forma de exigir mejores resultados en el futuro.

La cinta es recomendable con reservas. Tiene una historia que puede disfrutarse, especialmente en familia, y representa un intento serio por recuperar un terreno que la producción mexicana había abandonado. Pero también es un recordatorio de que ninguna campaña, por ambiciosa que sea, sustituye la calidad del trabajo terminado. Si algo bueno puede extraerse de este episodio es la posibilidad de que las siguientes producciones aprendan de la experiencia: menos promesas grandilocuentes y más atención a la animación, al guion y al ritmo. Solo así la animación mexicana podrá aspirar de verdad a eso que en 2007 se anunció como un parteaguas.