Videorisa, o cuando los mexicanos atacan
Hay publicaciones que no se explican únicamente por su tiraje, sino por la forma en que se metieron en la conversación cotidiana de sus lectores. Videorisa pertenece a esa clase de revistas: nació al calor del éxito de sus publicaciones hermanas Simón Simonazo y Chizz, y se convirtió en un espacio donde el cine y la televisión dejaban de ser sagrados para volverse materia de burla.
Una parodia sin contemplaciones
La revista apareció en México a principios de los años ochenta, firmada por Jesús Morales García, conocido como Moraliux. Su premisa era sencilla y devastadora: tomar las películas y series que el público veía en aquel entonces y hacerlas hablar y actuar como si fueran mexicanos muy coloquiales. La sátira era desenfadada, caótica, cábula e inmisericorde, pero, a diferencia de las Tijuana Bibles, se mantenía como una parodia inofensiva y amena.
El resultado era un mundo donde todo podía suceder. Sonny y Rico, de Miami Vice, eran comisionados para capturar a los Chicos Malos. Cuando Rocky pelea con Ivan Drago, no solo sufre daño cerebral: enloquece y se siente Juan Gabriel dando un concierto en Bellas Artes. Freddy Krueger es capaz de presentarse durante la entrega de los premios Roscars para perseguir al propio dibujante Moraliux, en respuesta a los agravios que sufrió en el número Quesadillas en la calle del infierno.
El Cácaro Churromayor y su función
Las parodias no se presentaban de forma aislada. El Cácaro Churromayor oficiaba como anfitrión: en México se llama cácaro al proyeccionista del cine y churro a una película muy mala, de modo que el nombre funcionaba como una declaración de intenciones. Sus funciones eran interrumpidas a menudo por la bella y a la vez horrible Xóchitl, por el Loco Max y por la Banda Sabadaba.
Ese formato de interrupciones y personajes recurrentes daba a la revista un ritmo propio, más cercano al desorden de una sala de cine popular que a la estructura ordenada de una publicación infantil. La parodia no se limitaba a las películas: también alcanzaba los comerciales de la época, realizados por M. Deys, pariente de Moraliux.
Detalles que hicieron escuela
Entre los elementos que distinguieron a Videorisa se encuentran los pequeños dibujos dentro de los globos de diálogo, que ayudaban a disfrazar el lenguaje usado y funcionaban casi como emoticons a mitad de los años ochenta. También incluía una minirrevista armable que venía con cada historieta, de modo que el lector conseguía dos cómics por el precio de uno.
La revista comenzó con un formato grande, tamaño oficio, para luego asumir un formato más pequeño, que al parecer le funcionó mejor. Esa adaptación no impidió que se convirtiera en un título de culto. Los comentarios conservados en la página de 2010 insistían en el valor afectivo de aquellas páginas.
Una memoria persistente
En los comentarios conservados en 2010, el interés por Videorisa seguía presente. Lectores que las tuvieron y las perdieron, o que las vieron en casa de familiares, han expresado el deseo de recuperarlas. Incluso surgieron proyectos para escanear números y ponerlos a disposición de nuevos públicos, así como intentos de venta de colecciones completas o parciales. La revista también dejó una estela de personajes y mini-comics, como Xóchitl Aventuras y Kevin y la Maira, que satirizaba Los años maravillosos.
Más allá de la nostalgia, Videorisa representa una forma de humor que traducía lo global a lo local sin pedir permiso. Las estrellas de Hollywood y de la televisión estadounidense dejaban de ser figuras lejanas para convertirse en vecinos, en conocidos, en personajes de barrio. Esa operación, repetida número tras número, explica por qué tantos lectores la recuerdan con una sonrisa y por qué su nombre sigue apareciendo cuando se habla de la historieta humorística mexicana.